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Resumen de una madre

Desde siempre he escuchado a las mamas decir que la maternidad es una experiencia maravillosa que marca un antes y un después en la vida de una mujer.

Efectivamente, ser madre me ha cambiado la vida, y por partida doble: hace 5 maravillosos años llegó Alba con sus radiantes ojos azules y una mirada capaz de iluminar al mismo sol.

Tres años después llegó la pequeña María, niña de sonrisas infinitas, risueña y pizpireta, un dulce en “personita”.

Desde entonces la “tranquilidad” de  mi existencia se vio seriamente alterada: hubo que modificar horarios de trabajo… cambiar el gym por la matronatación y el ballet… las copas de medianoche sustituirlas por biberones… abandonar el ordenador a su suerte en el salón para acoplar una cuna y un dosel en una habitación de paredes rosas…  y entre cambios de pañales y reducciones de jornada, la lista de la compra diaria también se llevó lo suyo.

Y es que, en mi opinión y desde mi experiencia, con lo que más sufrimos las madres es con la alimentación de nuestros hijos.

 Me veo y me recuerdo en el super leyendo etiquetas de potitos (que esperas no usar jamás, que compras sólo por si a caso junto a un arsenal de verduras y carnes y pescados frescos, tan frescos que parece que el lenguado aun esta coleando) revisando uno a unos los ingredientes para comprar lo mas parecido a un puré casero y hacer que se desvanezca el sentimiento de culpa al meterlos en la cesta de la compra. Mientras, ingenua, piensas “si me viera mi abuela comprando potitos para las niñas… ella misma les hacía un puré en un momentito” pero muchas veces, las mamas que llevamos esta “doble” vida lo que no tenemos es TIEMPO.

 

Y eso es precisamente lo que más echo de menos con mis hijas: TIEMPO para poder sentarme tranquilamente con ellas entre diario a jugar sin tener que mirar el reloj, sin pensar que tengo algo que hacer, sin tener en cuenta si compré zanahorias para el puré o si el pescado se habrá descongelado ya… TIEMPO para disfrutar de ellas realmente en los momentos que pasamos juntas, ya sea en las rutinas diarias, esto es en la hora del baño o de la cena, por ejemplo; o en los ratitos de juego: cuando leemos un cuento o moldeamos plastelina…

Ese TIEMPO es el que más añoro.

Desde que soy mamá parece que las horas han dejado de tener 60 minutos, es como si el segundero de todos mis relojes se hubiera acelerado y acortado así mis días.

Por eso, por esta sensación de que todo pasa tan deprisa, cada ratito que paso y disfruto con mis hijas, Alba y María, es mi mayor tesoro y las tres juntas vamos llenando ese cofre de preciosos recuerdos tan valiosos para mí que no tienen precio.

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